ECO Y YO
Rubén Darío
Eco, divina y desnuda
como diamante del agua,
mi musa estos versos fragua
y necesita tu ayuda,
pues sola, peligros teme.
-¡Heme!
-Tuve en momentos distantes,
antes,
que amar los dulces cabellos
bellos
de la ilusión que primera
era
en mi alcázar andaluz,
luz;
en mi palacio de moro,
oro;
en mi mansión dolorosa,
rosa,
Se apagó como una estrella
ella.
Deja, pues, que me contriste.
-¡Triste!
¡Se fue el instante oportuno!
-¡Tuno!...
- ¿Por qué, si era yo suave
ave,
que sobre el haz de tierra
yerra
y el reposo de la rama
ama?
Guióme por varios senderos
Eros,
mas no se portó bien
en
esquivarme los risueños
sueños,
que hubiera dado a mi vida
ida,
menos crueles mordeduras
duras.
Mas hoy el duelo aún me acosa.
-¡Osa!
-¡Osar, si el dolor revuela!
-¡Vuela!
-Tu voz ya no me convence.
-Vence.
-¡La suerte errar me demanda!
-Anda.
-Mas de ilusión las simientes...
-¡Mientes!
-¿Y ante la desesperanza?
-Esperanza.
Y hacia el vasto porvenir
ir.
-Tu acento es bravo, aunque seco,
eco.
Sigo, pues, mi rumbo, errante,
ante
los ojos de las rosadas
hadas.
Gusté de Amor hidromieles
mieles;
probé de Horacio divino,
vino;
entretejí en mis delirios
lirios.
Lo fatal con sus ardientes
dientes
apretó mi conmovida
vida;
mas me libró en toda parte
arte.
Lista está a partir mi barca,
arca
do va mi gala suprema.
-Rema.
-Un blando mar se consigue.
-Sigue.
-La aurora rosas reparte.
-¡Parte!
¡Y a la ola que te admira
mira,
y a la sirena que encanta
canta!
SONETO NETO
Francisco Briz Hidalgo
A mi hija Teresa
¿Por qué tanto te interesa, Teresa,
el aroma de esa olorosa rosa?,
acércate y cual mariposa posa
en sus hojas tus labios de fresa; esa
fragancia que tanto te embelesa, esa
flor representa la grandiosa diosa
Venus que sobre el amor, hermosa, osa
reinar, mientras atraviesa traviesa
las almas con la ardiente flecha hecha
de pasión, cuya estela de plata ata
con una sutil pincelada helada.
Si ansías sembrar esa cosecha echa
la simiente y el amor rescata,... acata
esa irresistible llamada amada. |
ANTÓN Y EL ECO
(El borracho y el eco)
Francisco de Añón En Noche Oscura y brumosa
tan atontado iba Antón,
que cayó de un tropezón
en la acera resbalosa.
Soltó un feo juramento
diciendo: ¿quién se cayó?
Y en la pared del convento
repercutió el eco: «yo».
- ¡Mientes! Fui yo quien caí;
y si el casco me rompí
tendré que gastar pelucas...
- ¡Lucas!
- No soy Lucas, voto a Dios
Vamos a vernos los dos
ahora mismo farfantón.
- ¡Antón!
- Me conoces, ¡eh! tunante
Pues aguárdate un instante,
conocerás mi navaja...
Baja
- Bajaré con mucho gusto
¿Te figuras que me asusto
Al contrario, más me exalto...
- ¡Alto!
- ¿Alto yo?¿Piensa el osado
que en este pecho esforzado
el valor ya está marchito?
- ¡Chito!
- ¿Y pretende el insolente
mandar callar a un valiente?
¿Que calle yo Miserable?
- ¡Hable!
- Hablaré, por vida mía,
hasta que tu lengua impía
con este acero taladre...
- ¡Ladre!
- ¿Ladrar? ¿Soy perro quizás?
¿Dónde, villano, do estás?
que de esperarte me aburro.
- ¡Burro!
- ¿Burro yo? Insulto extraño
que vengaré a mi amaño.
El momento es oportuno...
- ¡Tuno!
- ¿Dónde está el majadero
que me toma por carnero?
Responde. ¿Dónde se encuentra?
- ¡Entra!
- Sal tú, si no eres cobarde;
y apresúrate que es tarde.
A pie firme aquí te espero.
- ¡Pero!
- No hay pero que valga, ¡flojo!
Sal que ya estoy viendo rojo
y ansío tenerte en frente...
- ¡Ente!
- ¿Pero dónde estás? Repito
que estoy oyendo tu grito
y tu ausencia ya me admira.
- ¡Mira!
- Si, miro; ¡pero qué diablo!
No puedo ver con quien hablo,
pues no aparece ninguno.
- ¡Uno!
- Uno o cien, lo mismo da;
que salga, que salga ya.
Lo aguardo. ¡Aquí me coloco!
- Loco.
- ¿Así te burlas de mi?
¿Quién eres, quién eres, di?
No me hagas perder la calma.
- Alma
- Mas si eres un alma en pena,
¿cómo no oigo tu cadena?
Basta de bromas; concluye.
- ¡Huye!
- No tal; no me iré de aquí
sin saber quien me habla así.
Dime siquiera tu nombre.
- ¡Hombre!
- ¿Pero estás vivo o difunto?
Aclara bien este punto,
que a mí ya nada me asombra.
- ¡Sombra!
- ¡Una sombra y la insulté!
Perdóname que tomé
cuatro copas con bizcocho.
- ¡Ocho!
Marchóse Antón al momento
y en casa contó a su esposa
que una sombra pavorosa,
en la acera del convento
le había hablado. ¡Y no era cuento!
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