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Era tan fea, tan fea, que la atropelló un coche y quedó mejor.
Era tan fea, tan fea que mandó su foto por correo y la detectó el antivirus.
Era tan fea, tan fea, que su marido se la llevaba a todas partes para no tener que darle un beso de despedida.
Era tan feo, tan feo, que no podía dormir porque cuando venía el sueño lo espantaba.
Era tan feo, tan feo, que cuando entraba en un banco desconectaban las cámaras de vigilancia.
Era tan feo, tan feo, que se ganaba la vida asustando niños.
Era tan feo, tan feo, que asustaba hasta los ciegos.
Era tan feo, tan feo, que cuando iba al zoo tenía que comprar dos
entradas, una para entrar y otra para salir.
Era tan feo, tan feo, que fue a comprar una careta y le dieron sólo la
goma.
Era tan fuerte, tan fuerte, que se pasaba el día doblando las esquinas.
Era un futbolista tan malo, tan malo, que la única vez que metió un gol
lo falló en la repetición.
Era tan gafe, tan gafe, que se sentó en un pajar y se clavó una aguja.
Era tan gafe, tan gafe, que le atropelló un coche que estaba aparcado.
Era tan gafe, tan gafe, que jugando a las cartas se pinchó con el as de espadas.
Era tan goloso, tan goloso, que entró en una pastelería, se le hizo la
boca agua y se ahogó.
Era tan gorda, tan gorda, que se hizo un vestido de flores y acabó con
la primavera.
Era tan gorda, tan gorda, que cuando se subía a un barco se convertía en submarino.
Era tan gordo, tan gordo, que cuando se pesaba de la báscula salía una tarjeta que decía: «por
favor,
suban de uno en uno».
Era un hospital con las habitaciones tan pequeñas, tan pequeñas, que
los enfermos tenían que sacar la lengua en el pasillo.
Era tan ignorante, tan ignorante, que para mantener España limpìa quiso quitar La Mancha.
Era un ladrón, tan tonto, tan tonto, que cuando robaba una tienda se llevaba los maniquíes para no dejar testigos.
Tenía la lengua tan larga, tan larga, que los que pasaban a su lado se
la pisaban.
Era tan lento, tan lento, que cuando tiraba una moneda al aire caía al
día siguiente.
Era tan lento, tan lento, que compitió en una carrera como único
participante y llegó el último.
Era tan lento, tan lento, que iba a cazar caracoles y se le escapaban de las manos.
Era tan limpia, tan limpia, que se volvió transparente.
Era tan limpio, tan limpio que liaba los cigarrillos con papel higiénico.
Era un lobo tan daltónico, tan daltónico, que cuando veía a Caperucita
Roja le decía: «hola Caperucita Verde».
Era tan madrugador, tan madrugador, que por las mañanas se levantaba
antes de que pusieran las calles.
Era tan mentiroso, tan mentiroso, que cuando llamaba a su perro para
darle de comer no se lo creía.
Tenía una mirada tan penetrante, tan penetrante, que donde fijaba la
vista quedaba una señal.
Era un niño tan delgado, tan delgado, que aunque iba al colegio le
ponían falta.
Era un niño tan feo, tan feo, que cuando jugaban al escondite nadie le
buscaba.
Era un niño tan pelota, tan pelota, que iba botando a la escuela.
Era un niño tan tonto, tan tonto, que lo llevaron al cine y exclamó: «¡qué
televisión
más grande!»
Era tan optimista, tan optimista, que puso un negocio de venta de hielo
en el Polo Norte.
Era tan parlanchina, tan parlanchina, que no se pintaba los labios sino
los codos.
Era tan patoso, tan patoso, que en su tiempo libre se dedicaba a hacer el ganso.
Era tan pequeña, tan pequeña, que en lugar de dar a luz, dio chispitas.
Era tan pequeño, tan pequeño, que se encontró una canica y exclamó: «¡el
mundo
en
mis manos!».
Era tan pequeño, tan pequeño, que en lugar de viajar en «metro»
viajaba en milímetro.
Era tan pequeño, tan pequeño, que se ahogó en la sopa.
Era tan pesimista, tan pesimista, que cuando se declaró a su novia le
preguntó: «¿quieres ser mi viuda?»
Tenía las pestañas tan largas, tan largas, que cuando parpadeaba
abanicaba.
Tenía los pies tan grandes, tan grandes, que era más alto acostado que
de pie.
Tenía los pies tan pequeños, tan pequeños, que jugaba al fútbol con una
canica.
Era un piragüista tan precavido, tan precavido, que se hizo operar de cataratas.
Era tan pobre, tan pobre, que sólo era «po».
Era tan pobre, tan pobre, que en lugar de dar a luz daba a oscuras.
Era tan pobre, tan pobre, que no podía prestar la más mínima atencion.
Era un pollito tan inteligente, tan inteligente que en lugar de decir pi, decía 3,14...
Era tan presumida, tan presumida, que se casó con su espejo.
Era tan presumida, tan presumida, que cuando era su cumpleaños felicitaba a su madre.
Era tan previsora, tan previsora, que tuvo gemelos para tener un hijo
de repuesto.
Era un príncipe tan feo, tan feo, que Cenicienta se fue del palacio a
las nueve de la noche.
Era un pueblo tan húmedo, tan húmedo, que hasta las ranas tenían reuma.
Era un pueblo tan pobre, tan pobre, que los semáforos eran en blanco y
negro.
Era un pueblo tan pobre, tan pobre, que el arco iris salía en blanco y
negro.
Era un pueblo tan sano, tan sano, que cuando inauguraron el cementerio
tuvieron que ir al pueblo de al lado a por muertos.
Era tan puntual, tan puntual, que era redonda.
Era tan rápido, tan rápido, que en vez de comer a la carta, comía al telegrama.
Era tan rápido, tan rápido, que el mismo día que nació, creció, murió y
lo enterraron.
Era un río tan estrecho, tan estrecho, que sólo tenia una orilla.
Era un sabio tan despistado, tan despistado, que no inventaba nada
porque se le olvidaba.
Era tan sucia, tan sucia, que se compró una casa redonda para no tener
que barrer los rincones.
Tenía un sueño tan pesado, tan pesado, que amanecía debajo de la cama.
Era tan supersticioso, tan supersticioso, que se hizo carpintero para estar siempre tocando madera.
Era tan tímido, tan tímido, que antes de desvestirse le daba la vuelta
al retrato de su novia.
Era tan tontín, tan tontín, que le llamaban campana.
Era tan tonto, tan tonto, que se compró una radio nueva porque no le
gustaban las emisoras.
Era tan tonto, tan tonto, que no se compró una mesita de noche porque
no sabía donde ponerla de día.
Era un torero tan malo, tan malo, que en vez de faenas hacía gamberradas.
Era tan torpe, tan torpe, que se tiró al vacío y cayó fuera.
Era un tren tan largo, tan largo, que cuando los pasajeros se subían en Madrid ya estaba en Guadalajara.
Era un tren tan rápido, tan rápido, que antes de salir ya había llegado.
Era una vaca tan flaca, tan flaca, que en lugar de dar leche, daba pena.
Era tan vago, tan vago, que de no moverse echó raíces.
Era tan vago, tan vago, que madrugaba para estar más tiempo sin trabajar.
Eran dos vecinas que vivían tan cerca, tan cerca, que cuando una pelaba
cebollas, la otra lloraba.
Era un verano tan caluroso, tan caluroso, que las gallinas ponían los
huevos fritos.
Era un verano tan seco, tan seco, que las vacas daban leche en polvo.
Era un verano tan seco, tan seco que los árboles corrían detrás de los perros.
Era tan viejo, tan viejo, que cuando era niño no montaba en los
caballitos sino en los dinosaurios.
Era tan viejo, tan viejo, que lo seguían los buitres.
Era tan viejo, tan viejo, que no lo trajo la cigüeña sino un pterodáctilo.
Era tan viejo, tan viejo, que fue a comprar un ataúd y se lo llevó
puesto.
Era tan viejo, tan viejo, que cuando iba al colegio no había clases de
historia.
Era tan viejo, tan viejo, que que no tenía espermatozoides sino «espermatozauros».
Era un vino tan añejo, tan añejo, que hasta la botella estaba arrugada.
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