|
Era una adivina tan buena, tan buena, que no sólo adivinaba el futuro sino también el pretérito pluscuamperfecto del subjuntivo.
Era tan alegre, tan alegre, que nunca comprendió la ley de la gravedad.
Era tan alto, tan alto, que se comió un yogurt y cuando le llegó al
estómago ya estaba caducado.
Era tan alto, tan alto, que tropezó en un pueblo y cayó en otro.
Era tan alto, tan alto, que se llamaba Julio y doce días de agosto.
Era tan alto, tan alto, que tropezó el jueves y se cayó el domingo.
Era tan alto, tan alto, que tenía una nube en el ojo.
Era tan alto, tan alto, que en la cabeza tenía pájaros.
Era tan alto, tan alto, que no tenía «sien» sino mil.
Era tan alto, tan alto, que hacía la digestión diez horas después de
haber comido.
Era tan alto, tan alto, que cuando miraba hacia abajo le daba vértigo.
Era tan alto, tan alto, que por las noches se ponía una luz roja para
que los aviones no chocaran con él.
Era tan avaro, tan avaro, que no pelaba patatas, las lijaba.
Era tan avaro, tan avaro, que no prestaba ni la menor atención.
Era tan avaro, tan avaro, que no se ponía al sol para no dar sombra.
Era tan baja, tan baja, que se ponía enferma para que el médico le
diera de «alta».
Era tan bajo, tan bajo, que para atravesar la alfombra tenía que llevar
brújula.
Era tan bajo, tan bajo, que la cabeza le olía a pies.
Era tan bajo, tan bajo, que no tenía «sien» sino cincuenta.
Era tan bajo, tan bajo, que en Semana Santa pasaba por debajo de la cama vestido de
penitente.
Era tan bajo, tan bajo, que cuando escupía tenía que subirse a una
silla para no ahogarse.
Era tan bajo, tan bajo, que las uñas de los pies le servían de visera.
Era tan bajo, tan bajo, que se sentaba en un duro y le sobraban cuatro
pesetas.
Era tan bajo, tan bajo, que era hondo.
Era un bebé tan feo, tan feo, que su madre en lugar de darle el pecho
le daba la espalda.
Era un bebé tan feo, tan feo, que lo tuvo que parir la vecina porque a
su madre le daba vergüenza.
Era un bebé tan feo, tan feo, que aprendió a caminar a los tres meses porque nadie lo cogía en brazos.
Era un bebé tan feo, tan feo, que cuando nació el médico le dio el
cachete en la cara.
Tenía la boca tan grande, tan grande, que para hacer gárgaras
necesitaba dos litros de agua.
Tenía la boca tan pequeña, tan pequeña, que para decir tres tenía que
decir uno, uno, uno.
Tenía la boca tan pequeña, tan pequeña, que sólo podía comer espaguetis.
Era tan borracho, tan borracho, que para separarlo de la botella tenían
que usar sacacorchos.
Era un boxeador tan profesional, tan profesional, que se ponía los guantes para pegar sellos.
Era una bruja tan tonta, tan tonta, que no encontraba las ciencias ocultas.
Era tan bruto, tan bruto, que no usaba peine sino serrucho.
Tenía la cabeza tan pequeña, tan pequeña, que no le cabía la menor duda.
Era una calle tan ancha, tan ancha, que en lugar de pasos de cebra tenía pasos de elefante.
Era tan calvo, tan calvo, que se cayó de espaldas y se golpeó en la
frente.
Era tan calvo, tan calvo, que se le veían las ideas.
Era un calvo tan bajo, tan bajo, que los limpiabotas le sacaban brillo a la calva.
Era tan calvo, tan calvo, que no tenía ni un pelo de tonto.
Tenía la cara tan ancha, tan ancha, que con un ojo veía el sol y con el
otro la luna.
Era un cartero tan lento, tan lento, que cuando entregaba las cartas
eran documentos históricos.
Era una casa tan alta, tan alta, que se cayó una teja el lunes y llegó al suelo el viernes.
Era una casa tan grande, tan grande, que la familia tardaba varios días
en reunirse.
Era una casa con un pasillo tan largo, tan largo, que sacaban la sopa
hirviendo de la cocina y llegaba fría al comedor.
Era una casa tan pequeña, tan pequeña, que cuando entraba el sol tenían
que salirse todos.
Era una casa tan pequeña, tan pequeña, que cuando venía el médico el enfermo tenía que sacar la lengua por debajo de la puerta.
Era una casa con el cuarto de baño tan pequeño, tan pequeño, que para peinarse tenían que sacar el codo por la ventana.
Era una casa con las ventanas tan pequeñas, tan pequeñas, que no
entraban ni las moscas.
Era un cazador tan malo, tan malo, que los conejos en lugar de huir le
pedían autógrafos.
Era una charca tan seca, tan seca, que las ranas llevaban cantimplora.
Era una chica tan mona, tan mona, que sólo comía cacahuetes.
Era un chiste tan malo, tan malo, que tuvieron que castigarlo.
Era un coche tan grande, tan grande, que en lugar de radio llevaba diámetro.
Era un coche tan malo, tan malo, que en lugar de matrícula tenía suspenso.
Era tan conformista, tan conformista, que se cayó por la ventana de un
quinto piso y se consoló pensando que tenía que bajar a por tabaco.
Era una curva tan cerrada, tan cerrada, que más que curva era una
circunferencia.
Era tan débil, tan débil, que si parpadeaba se caía para atrás.
Era tan delgada, tan delgada, que para hacer sombra tenía que pasar dos
veces.
Era tan delgada, tan delgada, que cuando tomaba sopa se le calentaba la ropa.
Era tan delgada, tan delgada, que se tragó una aceituna y parecía que
estaba embarazada.
Era tan delgada, tan delgada, que trabajaba limpiando macarrones por
dentro.
Era tan delgado, tan delgado, que se hizo un traje de mil rayas y le
sobraron novecientas noventa y nueve.
Era tan delgado, tan delgado, que cuando se duchaba no se frotaba mucho
para no desaparecer.
Era tan delgado, tan delgado, que trabajaba limpiando mangueras por dentro.
Era tan distraído, tan distraído, que se pasó dos horas delante del espejo pensando dónde había visto antes aquella cara.
Era tan entrometido, tan entrometido, que no sólo leía las cartas
ajenas, además las contestaba.
Era una escuela tan pobre, tan pobre, que el maestro tenia que poner los alumnos.
Era una familia tan numerosa, tan numerosa, que la cigüeña vivía con ellos.
Era una familia tan pobre, tan pobre, que por no tener no tenían ni hambre.
|
|