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Era tan alto, tan alto, que cuando miraba hacia abajo le daba vértigo.
Era tan alto, tan alto, que por las noches se ponía una luz roja para
que los aviones no chocaran con él.
Era tan avaro, tan avaro, que no pelaba patatas, las lijaba.
Era tan avaro, tan avaro, que no prestaba ni la menor atención.
Era tan avaro, tan avaro, que no se ponía al sol para no dar sombra.
Era tan baja, tan baja, que se ponía enferma para que el médico le
diera de «alta».
Era tan bajo, tan bajo, que para atravesar la alfombra tenía que llevar
brújula.
Era tan bajo, tan bajo, que la cabeza le olía a pies.
Era tan bajo, tan bajo, que no tenía «sien» sino cincuenta.
Era tan bajo, tan
bajo, que en Semana Santa pasaba por debajo de la cama vestido de
penitente.
Era tan bajo, tan bajo, que cuando escupía tenía que subirse a una
silla para no ahogarse.
Era tan bajo, tan bajo, que las uñas de los pies le servían de visera.
Era tan bajo, tan bajo, que se sentaba en un duro y le sobraban cuatro
pesetas.
Era un bebé tan feo, tan feo, que su madre en lugar de darle el pecho
le daba la espalda.
Era un bebé tan feo, tan feo, que lo tuvo que parir la vecina porque a
su madre le daba vergüenza.
Era un bebé tan feo,
tan feo, que aprendió a caminar a los tres meses porque nadie lo cogía
en brazos.
Era un bebé tan feo, tan feo, que cuando nació el médico le dio el
cachete en la cara.
Tenía la boca tan grande, tan grande, que para hacer gárgaras
necesitaba dos litros de agua.
Tenía la boca tan pequeña, tan pequeña, que para decir tres tenía que
decir uno, uno, uno.
Tenía la boca tan pequeña, tan pequeña, que sólo podía comer espaguetis.
Era tan borracho, tan borracho, que para separarlo de la botella tenían
que usar sacacorchos.
Era un boxeador tan
profesional, tan profesional, que se ponía los guantes para pegar
sellos.
Era tan bruto, tan
bruto, que no usaba peine sino serrucho.
Tenía la cabeza tan pequeña, tan pequeña, que no le cabía la menor duda.
Era una calle tan ancha, tan ancha, que en lugar de pasos de cebra
tenía pasos de elefante.
Era tan calvo, tan calvo, que se cayó de espaldas y se golpeó en la
frente.
Era tan calvo, tan
calvo, que se le veían las ideas.
Era un calvo tan bajo,
tan bajo, que los limpiabotas le sacaban brillo a la calva.
Era tan calvo, tan calvo, que no tenía ni un pelo de tonto.
Tenía la cara tan ancha, tan ancha, que con un ojo veía el sol y con el
otro la luna.
Era un cartero tan lento, tan lento, que cuando entregaba las cartas
eran documentos históricos.
Era una casa tan grande, tan grande, que la familia tardaba varios días
en reunirse.
Era una casa con un pasillo tan largo, tan largo, que sacaban la sopa
hirviendo de la cocina y llegaba fría al comedor.
Era una casa tan pequeña, tan pequeña, que cuando entraba el sol tenían
que salirse todos.
Era una casa tan
pequeña, tan pequeña, que cuando venía el médico el enfermo tenía que
sacar la lengua por debajo de la puerta.
Era una casa con el
cuarto de baño tan pequeño, tan pequeño, que para peinarse tenían que
sacar el codo por la ventana.
Era una casa con las ventanas tan pequeñas, tan pequeñas, que no
entraban ni las moscas.
Era un cazador tan malo, tan malo, que los conejos en lugar de huir le
pedían autógrafos.
Era una charca tan seca, tan seca, que las ranas llevaban cantimplora.
Era una chica tan mona, tan mona, que sólo comía cacahuetes.
Era un chiste tan
malo, tan malo, que tuvieron que castigarlo.
Era un coche tan
grande, tan grande, que en lugar de radio llevaba diámetro.
Era un coche tan malo,
tan malo, que en lugar de matrícula tenía suspenso.
Era tan conformista, tan conformista, que se cayó por la ventana de un
quinto piso y se consoló pensando que tenía que bajar a por tabaco.
Era una curva tan cerrada, tan cerrada, que más que curva era una
circunferencia.
Era tan débil, tan débil, que si parpadeaba se caía para atrás.
Era tan delgada, tan delgada, que para hacer sombra tenía que pasar dos
veces.
Era tan delgada, tan delgada, que cuando tomaba sopa se le calentaba la
ropa.
Era tan delgada, tan delgada, que se tragó una aceituna y parecía que
estaba embarazada.
Era tan delgada, tan delgada, que trabajaba limpiando macarrones por
dentro.
Era tan delgado, tan delgado, que se hizo un traje de mil rayas y le
sobraron novecientas noventa y nueve.
Era tan delgado, tan delgado, que cuando se duchaba no se frotaba mucho
para no desaparecer.
Era tan delgado, tan delgado, que trabajaba limpiando mangueras por
dentro.
Era tan distraído, tan
distraído, que se pasó dos horas delante del espejo pensando dónde
había visto antes aquella cara.
Era tan entrometido, tan entrometido, que no sólo leía las cartas
ajenas, además las contestaba.
Era una escuela tan
pobre, tan pobre, que el maestro tenia que poner los alumnos.
Era una familia tan
numerosa, tan numerosa, que la cigüeña vivía con ellos.
Era tan feo, tan feo,
que se ganaba la vida asustando niños.
Era tan feo, tan feo,
que asustaba hasta los ciegos.
Era tan feo, tan feo, que cuando iba al zoo tenía que comprar dos
entradas, una para entrar y otra para
salir.
Era tan feo, tan feo, que fue a comprar una careta y le dieron sólo la
goma.
Era tan fuerte, tan fuerte, que se pasaba el día doblando las esquinas.
Era un futbolista tan malo, tan malo, que la única vez que metió un gol
lo falló en la repetición.
Era tan gafe, tan gafe, que se sentó en un pajar y se clavó una aguja.
Era tan gafe, tan gafe, que le atropelló un coche que estaba aparcado.
Era tan goloso, tan goloso, que entró en una pastelería, se le hizo la
boca agua y se ahogó.
Era tan gorda, tan gorda, que se hizo un vestido de flores y acabó con
la primavera.
Era tan gorda, tan
gorda, que cuando se subía a un barco se convertía en submarino.
Era tan gordo, tan
gordo, que cuando se pesaba de la báscula salía una tarjeta que decía: «por
favor,
suban
de uno en uno».
Era un hospital con las habitaciones tan pequeñas, tan pequeñas, que
los enfermos tenían que sacar la lengua en el pasillo.
Tenía la lengua tan larga, tan larga, que los que pasaban a su lado se
la pisaban.
Era tan lento, tan lento, que cuando tiraba una moneda al aire caía al
día siguiente.
Era tan lento, tan lento, que compitió en una carrera como único
participante y llegó el último.
Era un lobo tan daltónico, tan daltónico, que cuando veía a Caperucita
Roja le decía: «hola Caperucita Verde».
Era tan madrugador, tan madrugador, que por las mañanas se levantaba
antes de que pusieran las calles.
Era tan mentiroso, tan mentiroso, que cuando llamaba a su perro para
darle de comer no se lo creía.
Tenía una mirada tan penetrante, tan penetrante, que donde fijaba la
vista quedaba una señal.
Era un niño tan delgado, tan delgado, que aunque iba al colegio le
ponían falta.
Era un niño tan feo, tan feo, que cuando jugaban al escondite nadie le
buscaba.
Era un niño tan pelota, tan pelota, que iba botando a la escuela.
Era un niño tan tonto, tan tonto, que lo llevaron al cine y exclamó: «¡qué
televisión
más
grande!»
Era tan optimista, tan optimista, que puso un negocio de venta de hielo
en el Polo Norte.
Era tan parlanchina, tan parlanchina, que no se pintaba los labios sino
los codos.
Era tan pequeña, tan pequeña, que en lugar de dar a luz, dio chispitas.
Era tan pequeño, tan pequeño, que se encontró una canica y exclamó: «¡el
mundo
en
mis manos!».
Era tan pequeño, tan pequeño, que en lugar de viajar en «metro»
viajaba en milímetro.
Era tan pequeño, tan pequeño, que se ahogó en la sopa.
Era tan pesimista, tan pesimista, que cuando se declaró a su novia le
preguntó: «¿quieres ser mi viuda?»
Tenía las pestañas tan largas, tan largas, que cuando parpadeaba
abanicaba.
Tenía los pies tan grandes, tan grandes, que era más alto acostado que
de pie.
Tenía los pies tan pequeños, tan pequeños, que jugaba al fútbol con una
canica.
Era tan pobre, tan pobre, que sólo era «po».
Era tan pobre, tan pobre, que en lugar de dar a luz daba a oscuras.
Era un pollito tan
inteligente, tan inteligente que en lugar de decir pi, decía 3,14...
Era tan presumida, tan presumida, que se casó con su espejo.
Era tan presumida, tan
presumida, que cuando era su cumpleaños felicitaba a su madre.
Era tan previsora, tan previsora, que tuvo gemelos para tener un hijo
de repuesto.
Era un príncipe tan feo, tan feo, que Cenicienta se fue del palacio a
las nueve de la noche.
Era un pueblo tan húmedo, tan húmedo, que hasta las ranas tenían reuma.
Era un pueblo tan pobre, tan pobre, que los semáforos eran en blanco y
negro.
Era un pueblo tan pobre, tan pobre, que el arco iris salía en blanco y
negro.
Era un pueblo tan sano, tan sano, que cuando inauguraron el cementerio
tuvieron que ir al pueblo de al lado a por muertos.
Era tan rápido, tan rápido, que el mismo día que nació, creció, murió y
lo enterraron.
Era un río tan estrecho, tan estrecho, que sólo tenia una orilla.
Era un sabio tan despistado, tan despistado, que no inventaba nada
porque se le olvidaba.
Era tan sucia, tan sucia, que se compró una casa redonda para no tener
que barrer los rincones.
Tenía un sueño tan pesado, tan pesado, que amanecía debajo de la cama.
Era tan tímido, tan tímido, que antes de desvestirse le daba la vuelta
al retrato de su novia.
Era tan tontín, tan tontín, que le llamaban campana.
Era tan tonto, tan tonto, que se compró una radio nueva porque no le
gustaban las emisoras.
Era tan tonto, tan tonto, que no se compró una mesita de noche porque
no sabía donde ponerla de día.
Era tan torpe, tan
torpe, que se tiró al vacío y cayó fuera.
Era un tren tan largo,
tan largo, que cuando los pasajeros se subían en Madrid ya estaba en
Guadalajara.
Era un tren tan rápido, tan rápido, que antes de salir ya había llegado.
Era una vaca tan flaca, tan flaca, que en lugar de dar leche, daba pena.
Era tan vago, tan vago, que de no moverse echó raíces.
Era tan vago, tan
vago, que madrugaba para estar más tiempo sin trabajar.
Eran dos vecinas que vivían tan cerca, tan cerca, que cuando una pelaba
cebollas, la otra lloraba.
Era un verano tan caluroso, tan caluroso, que las gallinas ponían los
huevos fritos.
Era un verano tan seco, tan seco, que las vacas daban leche en polvo.
Era tan viejo, tan viejo, que cuando era niño no montaba en los
caballitos sino en los dinosaurios.
Era tan viejo, tan viejo, que lo seguían los buitres.
Era tan viejo, tan viejo, que no lo trajo la cigüeña sino un
pterodáctilo.
Era tan viejo, tan viejo, que fue a comprar un ataúd y se lo llevó
puesto.
Era tan viejo, tan viejo, que cuando iba al colegio no había clases de
historia.
Era tan viejo, tan
viejo, que que no tenía espermatozoides sino «espermatozauros».
Era un vino tan añejo,
tan añejo, que hasta la botella estaba arrugada.
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